domingo, 26 de julio de 2015

CUENTO: EL ÚLTIMO MINERO
Gustavo A. Moreno Martínez moremar@prodigy.net.mx

INTRODUCCION
Este cuento fue escrito por Joaquín G. y González el 15 de marzo de 1910, originario de Guanajuato, fue inscrito en el 6to Concurso de Cuentos, donde ganó el primer lugar y fue publicado en el Periódico El Imparcial de fecha 27 de marzo de 1910. Aunque está ubicado en Guanajuato, se aplica perfectamente a cualquier mineral de principios del Siglo XX, ya que por el estilo de vida y la forma de encarar la vida es igual en todas las regiones mineras donde la explotación es subterránea. El cuento también nos introduce a ese lenguaje coloquial del ambiente minero subterráneo y nos transporta a ese mundo a donde se sabe a qué horas se entra, pero nunca se sabe si vas a salir. Don José, el personaje del cuento, también nos muestra el amor al terruño, que no importa si es grande o pequeño, todo lo que importa es el haber pasado un tiempo maravilloso en él. Don José sintió, supongo, lo mismo que sintieron los mineros de Chivatera, Buenavista, La Veta, La Campana; cuando fueron avisados que había que abandonar sus casas y su entorno, en aras de ampliar la explotación minera.
Lo transcribo con el propósito, y aunque tardío no deja de ser sincero, de enviar una felicitación a todos los mineros de México y especialmente a los mineros de Cananea; pero particularmente para hacer un reconocimiento a esos mineros que murieron en los cotidianos accidentes en las minas y a sus esposas que en muchos casos tuvieron que enfrentarse a la vida con varios hijos y sin dinero. También, a esos mineros que lograron que durante décadas los habitantes de Cananea tuvieran un nivel de vida decoroso, obteniendo triunfos que ninguna otra sección sindical logró en otra parte de México; en una lucha permanente que duró más de un siglo y que actualmente, para desgracia de Cananea, se han perdido, quizás para nunca volver.
EL ÚLTIMO MINERO
En la ladera del escarpado cerro, dominando la cañada sinuosa y pintoresca, se erguía realmente bella y majestuosa la mole de la vieja mina, transformada en un cortísimo tiempo por el toque de no sé qué mágica varilla.
En la cúspide de la montaña aún perduran los viejos murallones almenados de construcción virreinal, que de lejos hacían aparecer el “patio” con cariz de fortaleza; junto a los muros aún se esparcía el terrero corriendo por la falda de la montaña, blanco, brillante, con apariencias de capa de nieve esparcida en el flanco de un volcán. Pero abajo que profundo cambio había operado la poderosa compañía americana. Los modernos edificios de la planta de beneficio, esbeltos, ligeros, con su techumbre de reluciente zinc, se escalaban como las gradas de una colosal escalera aplicada contra la falda del cerro. En lo más alto, la ancha boca de la quebradora trituraba continuamente bocanadas de piedra; seguía el departamento de mazos, donde cien martinetes enormes colocados en fila, se agitaban en una danza interminable, rumorosa y macabra; más abajo las concentradoras poseídas de un temblor nervioso, marcaban un vaivén acompasado, y por último, en la llanura, los tanques de cianuro erguían sus siluetas negras y rechonchitas, como burgueses satisfechos que hacen tranquilamente la digestión del oro y del veneno mezclados simbólicamente en su panza redonda.
Don José, enhiesto a pesar de sus setenta años de trabajo abrumador, miraba el espectáculo desde el dintel de su casucha, graciosa construcción de adobe encerrada en un verde cinturón de órganos y nopales. Los ojillos del viejo, acostumbrados a la noche eterna de las minas, se paseaban huraños por el cerro de enfrente, recorriendo de un extremo a otro los triunfantes edificios de la compañía. Escuchaba el zumbido incesante de las máquinas, y veía con asombro hostil las góndolas cargadas de mineral que circulaban por la vía-cable aérea, como pájaros laboriosos que volaran continuamente de la mina a la hacienda, a verter su ración en las fauces hambrientas de la quebradora. 
Don José no sentía admiración por todos esos adelantos que en tan pocos años habían transformado hasta el corazón del mineral. Era un rezagado, un nostálgico de los antiguos tiempos y en prueba de su amor al pasado, se resistía a vestir el uniforme de mezclilla azul que manda a sustituir en nuestro pueblo el clásico traje de minero. Él lo portaba aun orgullosamente: sombrero de “piloncillo” de negra copa, una especie de levita de jerga sin mangas; “patio” con grandes iniciales bordadas en rojo, pantalón pegado y el huarache con correas sobre los dedos, que en tierra extraña distingue al “tuzo” guanajuatense del “pata de gallo” zacatecano.
Nacido en la gran época de las bonanzas, su barreta había mordido briosamente todos los hijos de la “veta madre”, como “buscón” disfrutó su parte en los “clavos” celebres, y sus ojillos brillaban de alegría al recordar las épocas en que salía el sábado por la tarde del “partidero” con su sombrero copeteado de pesos, producto de su trabajo de una sola semana, para ir a tirarlos fanfarronamente en unas cuantas horas de parranda en las cantinas de los barrios altos.
Asistió después a la agonía del mineral.
Las vetas riquísimas entraron en “borrasca”; el agua ganó el laberinto de las labores, poco a poco los “malacates” paralizaron sus músculos potentes y quedaron abandonados allí, en las bocas de los tiros, como esqueletos de animales apocalípticos, junto a los restos de las calderas tapizadas de musgo y herrumbre.
Cuando reinó el silencio en las cañadas y la población minera voló por todos los ámbitos de la República, a Pozos, Pachuca y Cananea, don José permaneció fiel en su alegre casita rodeada de nopales, frente por frente de la mina donde vertió su sudor desde niño, cuando como “morrongo” seguía, con la tea en la mano, las largas escaleras temblorosas alumbrando al “pueble” que bajaba cantando alabanzas.
Todos se fueron menos él. No se resolvía a abandonar los dos grandes amores de su vida; su casita construida por humorada en una época bonancible con el dinero que al azar escapó de la parranda; la casita aquella donde la vieja que hoy duerme bajo tierra lo esperaba por las tardes al salir del trabajo y donde aprendió a gatear su único hijo, José el chico, el otro gran querer que lo ligaba a la vida.
Muerta la esposa, ¡como dejar al niño, aunque el trabajo escaseara! ¡A quien encargar el nidito mientras el dueño se iba al éxodo lejano y penoso! Se quedó, aguantando privaciones y miserias, hasta que un nuevo soplo resucitó el muerto mineral: los cables de la fuerza eléctrica cruzaron los cerros; las construcciones gigantescas se elevaron al lado de las antiguas minas, y las bandas de golondrinas volvieron alegremente a sus queridos cerros.
La resurrección llegó tarde para don José, pero muy a tiempo para José el chico, que, mozo garrido ya, ocupó valientemente en la mina el puesto de barretero que había dejado su padre.
Ya no se obtenían aquellas ganancias fabulosas, pero en fin, el jornal eran bastante y seguro, y la alegría hubiera reinado en la casita aquella, santuario de recuerdos y amparo de una vejez, si las exigencias de la negociación no hubieran requerido ampliar las dependencias del molino, ocupando precisamente aquel terreno. Fue inútil la resistencia; la “utilidad pública” está por encima de todo; se procedió al avalúo, el viejo recibió colérico el precio fijado por los peritos, y se le señaló un lapso para desocupar el viejo nido.
Aquella tarde expiraba el plazo por eso don José contemplaba con odio, a la luz de la tarde, las triunfantes erguidas en el cerro de enfrente, las viejas murallas almenadas y las góndolas, que surcaban el espacio, de la hacienda a la mina, en su constante ir venir de pájaros laboriosos.
La muda contemplación del viejo fue interrumpida por las señales que un grupo de hombres hacia desde lo alto del terrero, en el otro cerro. En un principio no presto atención, pero notó muy pronto que los gestos iban dirigidos a él, y después los chiflidos  ̶ esa telegrafía inalámbrica de los montañeses ̶  le trajeron perceptiblemente esta palabras:
̶  ¡Don Joseeé! ¡Venga acaaaá! ̶
Quien sabe que oscuro presentimiento apretó rudamente el corazón dl minero. Sin una mirada para su casa vacía, se lanzó cuesta abajo por la ladera, subió por la pendiente opuesta, llegó jadeante a la puerta del patio, y en medio de él, junto a la boca del tiro, vio un cerro de hombres apretados alrededor de algo que no alcanzó a distinguir de pronto. Se abrió paso entre la gente y, por fin, pudo ver dos cuerpos ensangrentados, rotos, deshechos; dos mineros triturados bárbaramente por un barreno. Más lejos, otro cuerpo yacente, el de José el chico, su hijo. No presentaba ninguna herida, pero en la cara se marcaban las huellas violáceas de la asfixia. Junto a él, un médico americano, en mangas de camisa, intentaba sudoroso, establecer en el cuerpo la respiración artificial. El viejo se arrodilló a su lado; seguía convulso los movimientos del doctor pretendiendo ayudarlo torpemente. De cuando en cuando se inclinaba, apretando su cara contra la de su hijo, espiando un soplo de aire, una palpitación, un movimiento. La escena duró media hora; por fin, el médico se puso de pie, limpió el sudor que bañaba su cara y dejó de trabajar exclamando “ It is Impossible”, y después una interjección en que sonó el nombre de Dios.
El viejo sin levantar los ojos, continuaba moviendo los brazos ya semirígidos del cadáver, hasta que se acercaron unos hombres lo apartaron piadosamente y colocaron el cuerpo en unas parihuelas, al lado de los restos sangrientos de los otros dos barreteros.
El cortejo penetró en las sinuosas calles de Guanajuato. Las mujeres llorosas, de faz atribulada, llevando a cuestas a sus niños recientemente huérfanos, trotaban junto a las familias. Don José con su andar de robusto septuagenario no doblegado por los años ni las fatigas, seguía la camilla donde se zarandeaba el cadáver de José, de su niño adorado, del ser que inundó de alegría su alma de joven y que ahora llevaba el pan a sus labios de viejo inútil ya para la faena.
Sus ojos extraviados y huraños no vertían una lágrima; se clavaban hoscamente, furiosamente, en los grupos de curiosos que se detenían a ver pasar la plañidera comitiva.
Por fin, esta llegó frente al hospital de Belén. Las camillas penetraron en el misterioso portalón; poco después tres campanillazos anunciaron que los tres cuerpos descansaban en las losas de mármol del anfiteatro y el doliente grupo de los padres, las esposas y los hijos quedó afuera, ahogando los sollozos, apretándose los unos con los otros, como ramitas abatidas por la misma racha de viento.
Aparte don José, con un dolor reconcentrado y silencioso, contempló largo rato la puerta por donde había desaparecido el cuerpo de su hijo.
Estaba al caer la tarde cuando instintivamente, con pasos sonámbulos, el anciano llegó a su casita.
El oro del crepúsculo envolvía en una aureola brillante los pulidos techos del molino y dibujaba penachos de la luz de los lejanos crestones de la Bufa.
Próximo a llegar, un ruido extraño, como de algo que se derrumba, lo detuvo junto a un alto fresno. Avanzó hasta el recodo de la vereda y vio una cuadrilla de obreros con picos y palas demoliendo las blancas paredes, destrabando los techos, cortando cruelmente la verde nopalera.
El primer impulso del viejo fue arrojarse con los ojos chispeantes sobre el grupo, pero súbitamente paralizado, vaciló, buscó apoyo, se abrazó al tronco de un añoso árbol y así, apoyadas una en otra aquellas dos ancianidades, miraron avanzar la obra sacrílega.
El ruido de los cien mazos llenaba triunfalmente la cañada; impedía escuchar el ruido de los picos de los sepultureros; pero el viejo los oía y a medida que la obra avanzaba, sus ojos hasta entonces enjutos, lloraban gruesos lagrimones que escurrían por las atezadas mejillas, lloraba sin sollozos y sin muecas, tristemente, trágicamente, como lloran los hombres……..

martes, 14 de julio de 2015

THE CANANEA STORES (TIENDA DE RAYA)
Gustavo A. Moreno Martínez moremar@prodigy.net.mx
INTRODUCCION
The Cananea Stores o Tienda de Raya, como la conocimos coloquialmente, cuyo edificio fue un ícono de Cananea durante más de 110 años. Representando por un lado, a esa Cananea pujante, moderna y en pleno desarrollo económico: mientras que por otro lado, representaba la explotación de los mineros de Cananea a principios del Siglo XX, por la obligatoriedad que tenían de comprar sus productos de primera necesidad en estas tiendas, ya que inicialmente a los obreros de la 4C se les pagaba con vales, intercambiables únicamente en esta tienda y sus sucursales, y cuando querían comprar en otras tiendas o cambiarlos por efectivo, les era descontado un porcentaje de su valor, por lo que sus exiguos salarios se reducían todavía más.
A diferencia de la mayoría de las tiendas de raya del país, en Cananea, por tener una población muy cosmopolita, ya que contaba con un buen porcentaje de habitantes de Estados Unidos, Italia, Alemania, Francia, Líbano y otros países; donde muchos de ellos estaban acostumbrados a otro nivel de vida, por lo que la 4C, propietaria de la tienda, con mucha visión empresarial expendía en esta tienda y sus sucursales, desde una fina y delicada pieza de joyería hasta equipo para minería, incluyendo por supuesto, una gran variedad de víveres de excelente calidad, con la finalidad de captar a todos estos potenciales compradores de más alto valor adquisitivo.
En este documento, además que analizar algo de la historia de la tienda, el lector podrá hacer un recorrido, quizás por su mejor época (1908-1910), con base en los anuncios publicados en el periódico americano Bisbee Daily Review, editado en Bisbee, Arizona, en el sureste del estado, muy cerca de la frontera entre México y Estados Unidos. En estos anuncios se pueden observar los diferentes departamentos de la tienda, precios, ofertas, etc.
ANTECEDENTES
La tienda de raya era un establecimiento de crédito para el abasto básico, ubicada junto a las fábricas o haciendas y donde los obreros o campesinos eran obligados a realizar sus compras. En México se conocieron como tiendas de raya, pues la gran mayoría de los trabajadores eran analfabetos y en el libro de registro de pago de nómina ponían una raya en lugar de su firma. Las tiendas de raya en México, que no se diferenciaban de las de sus similares en otros países como Estados Unidos, Inglaterra o Francia, tuvieron auge a finales del siglo XIX y principios del XX durante el gobierno de Porfirio Díaz, quien dio amplias concesiones a empresarios y hacendados, nacionales y extranjeros, para explotar los recursos naturales.
En México, al igual que en otras partes del mundo, las tiendas de raya eran propiedad de los patrones y ahí expendían comestibles, aguardiente, ropa y calzado. El pago a los trabajadores se hacía mediante vales o "monedas" (fichas o tokens) acuñadas por la fábrica o hacienda, que podían ser de metal, papel, hueso, vidrio, cuero, etc; y que sólo se podían canjear en la tienda de raya del patrón, quien recuperaba todo el dinero erogado en pagar los salarios, ya que por lo general revendía los productos a un precio más alto que en el resto de los comercios de los poblados donde se localizaban.
Desde las primeras insurrecciones obreras y campesinas de la revolución promovidas por el Partido Liberal Mexicano, el saqueo y la destrucción de la tienda de raya era obligatorio. Cuando el levantamiento armado se generaliza en la Revolución mexicana de 1910 el odio acumulado tras años de explotación se dirigía, principalmente, a las tiendas de raya y sus administradores.
Cobrar un sueldo en la tienda de raya, se decía "rayar"; a principios del siglo XXI, en Cananea los obreros aún suelen emplear el término como sinónimo del cobro de salario, aun cuando no sean analfabetos.
Sería hasta 1915, cuando Venustiano Carranza daría fin a esos infames centros de explotación obrera y campesina, mediante la promulgación de la ley agraria en Veracruz, el 6 de enero de ese año, los puntos centrales de esa ley eran la repartición de tierras y la expropiación de haciendas. Aunque en Cananea dejó de funcionar como tienda de raya antes, probablemente en 1913.
Publicación de la Ley Agraria el 9 de enero de 1915 en el POF.
THE CANANEA STORES
Al igual que otras grandes empresas mineras estadounidenses en México, la Cananea Consolidated Copper Company (4C), operaba una tienda de raya, que pagaba con cheques o en efectivo. Para muchos trabajadores el pago final era muy bajo. Existen cheques que muestran un salario medio mensual de $28 pesos, pero con un promedio de deducciones de $ 27.75 por motivo de renta, seguro de hospital, bienes comprados a crédito, fiestas, etc, dejando sólo 25 centavos para que “raye” el trabajador.
La tienda de raya había iniciado operaciones con un capital de trabjo de 180 mil pesos y las ventas anuales ascendían a 145 mil pesos. La tienda operaba con un esquema de retención en nómina por el cual la compañía daba a los trabajadores vales (Boletos) para ser intercambiado en la tienda por mercancía. En 1902 los Boletos tenían la leyenda:
Tienda de Raya / Cananea Consolidated Copper Co., S.A. / Sírvase: entregar a _______________________ / Trabajador de esta Compañía / _______ pesos en mercancías con carga en su Cuenta. / Cananea Consolidated Copper Co., Sociedad Anónima.
Estos vales eran impresos por el American Bank Note Co. of New York; aunque probablemente, en alguna época, fueron impresos por Ketterlinus Lithographic Manufacturing Company of Philadelphia. En el caso de la Tienda de Raya de la 4C, los vales (Boletos) eran de papel con valor de $0.50, $1.00, $3.00, $5.00 y $10.00; como se muestra en la imagen.
Vales de la Tienda de Raya de la 4C en 1902.
Cuando la empresa tuvo problemas por el uso de estos vales, alegaba que no utilizó los Boletos como moneda, que constituían un certificado de que un determinado trabajador había realizado cierto trabajo y tenía un saldo a pagar. Cada boleto emitido era debidamente sellado, cancelado y no era utilizado de nuevo después de haber sido admitido por el Departamento Mercantil. Así mismo, decía que otra razón por la cual era necesario utilizar esos documentos era la ausencia de moneda de baja denominación para dar cambio. También argumentaba que, no habiendo suficiente moneda fraccionaria en este Estado, sería un asunto muy difícil para la empresa proporcionar el cambio, si se quita el uso de los vales.
El manejo de la tienda de raya provocó que en abril de 1902 se presentara una denuncia ante el gobierno federal, denunciando que la empresa no estaba pagando a sus trabajadores en efectivo, en contravención a la ley de 1870, y ordenó una investigación a través del Juez de Distrito en Nogales. La 4C consultó a su abogado, licenciado Pesqueira, que había tenido una considerable experiencia en la defensa de otras empresas mineras en circunstancias similares. El Lic. Pesqueira informó que la política habitual del gobierno era permitir que los asuntos de esta índole se hicieran, hasta que alguien presentara una denuncia, a continuación, ordenaba una investigación e imponía una multa, después la empresa podía continuar como de costumbre, hasta que hubiera una nueva denuncia o agitación social. Sin embargo, el Lic. Pesqueira, también sugirió que la empresa cambiara la leyenda de “en mercancías con cargo a su cuenta” a “en mercancías con cargo a nuestra cuenta”, ya que esto se acercaba un poco a lo que establecía la ley. El juez remitió el asunto a la Ciudad de México por lo que la empresa mandó a su abogado en esa ciudad, Tomás Macmanus, para presionar a las autoridades federales.
En 1903 la mayor parte de los cheques entregados a los empleados en los campos mineros alrededor de Buenavista, fueron cobrados por los especuladores, quienes cambiaban los vales por efectivo. Esto dio lugar a una pérdida considerable para los empleados, debido a las exorbitantes tasas de cambio cargados, y para la empresa, en la pérdida de intercambio y depósitos para el banco de la empresa. Los especuladores hicieron un gran negocio adelantando a los obreros efectivo a cambio de las tarjetas de identidad (Carteras), ya que había una larga espera entre días de pago, y el gerente de la empresa George Young reconoció, que para la mayoría de los empleados era demasiado esperar a recibir su salario en la forma normal que era cada mes. La compañía ocasionalmente adelantaba dinero a los empleados entre los días de pago, pero generalmente no los animaba a pedir tales avances. Debido a que los especuladores en los campamentos mineros cobraban intereses del 5% al 10% mensuales en la compra de las carteras, Young sugiere que sería posible proteger a los obreros y las ganancias de la compañía, adelantando suficiente dinero a un especulador de dinero para ejercer su actividad, pero este tendría que adelantar dinero a los obreros bajo una tasa porcentual regulada. Es decir, le adelanto dinero al especulador, pero no a los obreros, gana la empresa, gana el especulador y el obrero sigue perdiendo.
Hacia finales de 1905, la empresa decía que a los empleados se les pagaba en efectivo y podían comprar mercancías donde ellos gustasen, pero antes de la huelga de 1906, el periódico Regeneración afirmaba que mientras los estadounidenses eran pagados en efectivo, los mexicanos seguían siendo pagados con vales de la tienda de raya, donde los productos se vendían dos o tres veces más caros que en el comercio normal de la ciudad. Cuando un obrero mexicano necesitaba cambiar sus vales por efectivo, la empresa les devolvía el 75% de su valor.
Como resultado de la crisis financiera de 1907 y la reconversión de la empresa, la 4C comenzó el despido de trabajadores en septiembre, parando todas las operaciones a finales del año, provocando un caos laboral y financiero que alcanzó hasta Nogales, donde se vieron obligados a cerrar el Banco de Sonora por falta de circulante. Los trabajadores salían de Cananea como se podía, ya que la mayoría de los ex trabajadores de las minas, salían sin dinero, porque lo que habían trabajado, ya lo debían a la tienda de raya al momento de ser desocupado. La mina inició operaciones hasta el verano de 1908, permaneciendo cerrada unos 7 meses.
En 1908 la empresa fue multada dos o tres veces y finalmente se le ordenó suspender el uso de vales para el pago de salarios. El asunto fue presentado ante la Secretaría de Hacienda de la Ciudad de México, y el Secretario o el Sub-secretario redactó una nueva forma de sacarle la vuelta al pago en efectivo. Se le dijo a la empresa que podían usar una libreta o pequeño libro, como un sustituto de un libro de pase (Pass Book), donde se anotaría todas y cada una de las compras que los obreros hicieran con cargo a sus cuentas.
En 1910 la empresa tenía un día de pago mensual, pero todos los obreros estaban en libertad para adquirir todos los suministros como alimentos y otros productos con cargo a sus cuentas, y de igual forma, podían sacar dinero una vez por semana, además de su liquidación al final del mes. El departamento de pagos estaba abierto todos los días, para solicitar dinero por adelantado, excepto los domingos, pero no se permitía a una persona sacar dinero más de una vez por semana. En 1911 el periódico Regeneración informaba que la empresa pagaba a sus trabajadores con vales (Boletos) a los que llamaban bilimbiques, que los especuladores y el Banco de Cananea adquirían con un descuento de 15% a 20%. En 1913 el Prefecto de Cananea informaba que la empresa había pagado en billetes y monedas de plata durante varios años; sin embargo, este era un argumento parcial, ya que cuando se hacían este tipo de comentarios se referían a los trabajadores estadounidenses, quienes si cobraban todo su salario en efectivo.
Por cierto, Cananea es donde se originó la palabra "bilimbique”. La palabra se originaría del cajero y pagador de la 4C, quien se llamaba William Weeks y era quien entregaba los vales de la tienda de raya a los obreros, pero para los trabajadores mexicanos el nombre era impronunciable y le decían “Biliam Biqs”, que el ingenio mexicano pronto transformaría en “bilimbiques” cuando se referían a los vales que recibían del pagador. Más tarde el nombre fue aplicado a cualquier vale o billete de dudoso valor y durante la revolución se aplicó a la moneda Constitucionalista emitida por Carranza y diferentes entidades del país.
En Cananea la Tienda de Raya de la Cananea Consolidated Copper Company se denominaba The Cananea Stores y fue constituida en 1900. Se localizaba donde inicia la Av. Juárez, al poniente de las vías del tren, exactamente enfrente de las oficinas generales, donde después, también se instalaría el Banco de Cananea. Décadas después, el edificio de la tienda de raya albergaría oficinas administrativas y el archivo de la 4C.
The Cananea Stores o Tienda de Raya. Tienda matriz Av. Juárez.
The Cananea Stores funciona como tienda de raya probablemente hasta enero de 1915, cuando se promulga la Ley Agraria, donde ya al trabajador se le paga en efectivo. Hacia 1909 estaba constituida por la tienda matriz y tres sucursales: una en Puertecitos, otra en La Chivatera y una más en El Ronquillo, en el mero centro de la ciudad.
La tienda de raya de Puertecitos es probablemente la más antigua de las sucursales, pero no se tiene información de cuando fue instalada, ni de su ubicación exacta, tampoco cuando dejó de operar, solo esta fotografía probablemente de 1901.
Tienda de Raya Sucursal Puertecitos a principios del Siglo XX.
La sucursal Chivatera se localizaba en la calle principal del poblado, muy cerca de las viviendas de los principales jefes de la minas. Fue establecida en 1901 y su primer gerente fue Alfredo Schulz quien llega a Cananea el 5 de julio de 1901 proveniente de Hermosillo, hombre de negocios de esa capital y del mineral de La Colorada. Schulz duraría muy poco en Chivatera, ya que moriría el 15 de abril de 1902. Después de varias décadas, el edificio de esta tienda se convertiría en 1958 en la sucursal Chivatera de la Cooperativa de Consumo Sección 65 S.C.L. (Sindicato Minero).
Calle principal de La Chivatera, al fondo The Cananea Stores (Tienda de Raya, 1905).
La sucursal El Ronquillo se ubicaba en la Av. Juárez entre 2da. y 3ra Oeste, más o menos donde se encontraba la Tienda Jero, a un lado del Centro Mercantil. Fue inaugurada los primeros días de diciembre de 1909. Era un establecimiento para la limpieza de trajes para damas y caballeros, guantes, sedas y terciopelos. Se anunciaban diciendo: Los artículos que no confiaría a la limpiaduría o lavandería ordinaria, deben ser enviados a este establecimiento de limpieza. Los artículos de textura o color delicado serán limpiados por el French Dry Process.
  
The Cananea Stores, Suc. El Ronquillo (Av. Juárez, 16/09/1910)
EL GRAN CENTRO COMERCIAL DE CANANEA
En julio de 1907 un representante del Bisbee Daily Review visitaría  Cananea y tuvo la oportunidad de entrevistarse con el Gerente del Area Mercantil de la 4C (The Cananea Stores) el Sr E. S. Newberry, quien le dio un recorrido por la tienda matriz y el periódico del 28 de julio de 1907 la describiría de la manera siguiente:
Al entrar a la tienda uno tiene la impresión de que está en un establecimiento mercantil minorista ordinario de primera clase, común en cualquier ciudad de Estados Unidos. Pero cuando se realiza una visualización más amplia de la mercancía, se puede ver su alta calidad, productos de arte, etc, pero cuando uno ve las marcas americanas al lado de las mejores fábricas de Alemania, Francia y España, la duda comienza a entrar en la mente, y la primera impresión pronto queda atrás y se desprende la convicción que usted está en un establecimiento extraordinario. Hay mesas y mesas de la porcelana más exquisita y hermosa importada de China. En las proximidades muebles de marca americana, de alto grado igualmente atractivos. Estantes y estantes de abarrotes; desde el más barato de los tejidos hasta los más costosos; y un examen de las etiquetas nos muestran que se obtienen de diferentes partes de la República de México, de los Estados Unidos; y los diferentes países europeos.
En el departamento de sastrería se nos informó que la inclinación de los gustos de la moda entre los señores de Cananea es atendida por diecisiete empleados.
Bajo la planta principal del edificio, son inmensas las salas de mercancías, donde se encuentran los suministros de reserva para las minas de la empresa en los alrededores de Cananea. También en este inmenso sótano se encuentra el departamento de almacenamiento en frío, directamente relacionado con la fábrica el hielo para abastecer a la ciudad. Aquí todo tipo de productos perecederos se conservan perfectamente dulces y frescos. Alguna idea del desayuno (jamón y) y el humo (cigarrillo) después será transmitida cuando se afirma que esta tienda solo dispone de una carga de huevos y una carga de cigarrillos mexicanos hechos cada treinta días.
Colmada de lado a lado de azúcar mexicana (piloncillo) y de productos de caña de Hawai. Montañas de café y frijoles mexicanos están a la vista; Cargamentos de productos enlatados están dispuestos en estantes y empaquetados.
El representante del Bisbee Daily Review terminaría hablando de la amabilidad y cortesía del Gerente de The Cananea Stores y en las fotografías mostradas abajo se puede apreciar las dimensiones de la tienda y algunos de los departamentos de los productos expendidos en ella.
Interior de The Cananea Stores (Tienda Matriz). Área de Ferretería.

Interior de The Cananea Stores (Tienda Matriz). Área de telas (izquierda), verduras y abarrotes (derecha), zapatería (al fondo).
Quizás una de las mejores épocas de The Cananea Stores, por el crecimiento que tuvo y el tamaño de sus operaciones, fue el periodo entre 1909 y 1910, época donde además podemos encontrar perfectamente documentados cada uno de los diferentes departamentos en que estaba dividida la tienda y de esto da cuenta el periódico americano Bisbee Daily Review, editado en Bisbee, Arizona, en el sureste del estado, muy cerca de la frontera entre México y Estados Unidos; que con base en los anuncios publicados en este periódico, se pueden observar los diferentes departamentos de la tienda, precios, ofertas, inauguraciones y otra información referente a los productos allí expendidos.
Bisbee Daily Review, December 15, 1908

Bisbee Daily Review, January 06, 1909.
 Bisbee Daily Review, January 12, 1909
Bisbee Daily Review, January 23, 1909.
Bisbee Daily Review, January 27, 1909.
Bisbee Daily Review, February 07, 1909.
Bisbee Daily Review, February 17, 1909.
Bisbee Daily Review, February 20, 1909.
Bisbee Daily Review, March 04, 1909.
Bisbee Daily Review, March 23, 1909.
Bisbee Daily Review, April 03, 1909.
Bisbee Daily Review, July 24, 1909.
Bisbee Daily Review., November 14, 1909.
Bisbee Daily Review., November 30, 1909.
Bisbee Daily Review., December 05, 1909.
Bisbee Daily Review, March 22, 1910.
Bisbee Daily Review, April 26, 1910.
Bisbee Daily Review, May 12, 1910.
                                                                                                       
 Bisbee Daily Review, July 01, 1910.
 
 Bisbee Daily Review, September 18, 1910.
Bisbee Daily Review, October 01, 1910.

Bisbee Daily Review, October 04, 1910.
Bisbee Daily Review, October 18, 1910.
Bisbee Daily Review, October 28, 1910.
Bisbee Daily Review, November 29, 1910.
Bisbee Daily Review, December 25, 1910.
BIBLIOGRAFIA
Arroyo Tafolla, Natalia.- Tiendas de raya: deuda eterna. Periodos de la Historia/La revolución/Hechos. WikiMexico.com
Prendergast, Simon.-  Paper Money of Sonora, Cananea, 2010.
HEMEROGRAFIA
The Oasis, July 06, 1901.
Bisbee Daily Review, December 05, 1907.
Bisbee Daily Review, December 15, 1908.
Bisbee Daily Review, January 06, 1909.
Bisbee Daily Review, January 12, 1909.
Bisbee Daily Review, January 23, 1909.
Bisbee Daily Review, January 27, 1909.
Bisbee Daily Review, February 07, 1909.
Bisbee Daily Review, February 17, 1909.
Bisbee Daily Review, February 20, 1909.
Bisbee Daily Review, March 04, 1909.
Bisbee Daily Review, March 23, 1909.
Bisbee Daily Review, April 03, 1909.
Bisbee Daily Review, July 24, 1909.
Bisbee Daily Review., November 14, 1909.
Bisbee Daily Review., November 30, 1909.
Bisbee Daily Review., December 05, 1909.
Bisbee Daily Review, March 22, 1910
Bisbee Daily Review, April 26, 1910.
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El Constitucionalista, Enero 09, 1915